11 consejos para escribir una tesis doctoral

No conoces la verdadera desesperación hasta el día en que te pones a escribir tu tesis doctoral. Para quien no lo sepa (eso va por usted, señor de Albacete de 89 años que me está leyendo), una tesis doctoral es algo así como un libro muy gordo en el que cuentas cosas extremadamente aburridas que, por lo general, no interesan a nadie. Lo sueles escribir para que la gente te llame ‘doctor’ sin tener que estudiar medicina, algo que acaba confundiendo muchísimo a tu abuela. Si googleas un poco, verás que lo que más abunda en Internet son los vídeos de gatitos y las guías sobre cómo escribir una tesis. Yo he decidido aportar mi granito de arena y hacer una nueva guía, escrita bajo mi propia experiencia. También he subido un vídeo de un gato durmiendo en una postura muy graciosa. Espero que ambas cosas os ayuden mucho.

  1. Escoge un buen ambiente para trabajar. Cualquier ruido podría distraerte y acabaría con ese único minuto de concentración que has logrado conseguir en toda la tarde. Una hamaca en una playa caribeña es una opción excelente.
  2. Elige bien el tema. Piensa que vas a pasarte una buena temporada leyendo y escribiendo sobre él. Tiene que ser entretenido y llamativo, y a ser posible, que te brinde la oportunidad de hacer experimentos. “Fiestas en yates” podría valer.
  3. En realidad, no puedes presentar una tesis de “Fiestas en yates”. Eso no dice nada. Tienes que ponerle un título larguísimo y difícil de seguir, para que se vea que controlas un montón. Por ejemplo, tu “Fiestas en yates” pasaría a llamarse “Estudio antropológico y análisis psicosocial del comportamiento de una muestra de individuos sometidos a diversas condiciones experimentales multifactoriales en un entorno acuoso mediante métodos de exploración para verificar la eficacia del deterioro del lenguaje en las relaciones humanas dentro del contexto de consumo y abuso de sustancias excitantes.”
  4. Piensa bien la estructura que va a tener. Lo habitual es que la tesis incluya una introducción, unos objetivos, el desarrollo, los resultados y las conclusiones. Puedes incluir también un índice y un apéndice, pero hazlo con mucho cuidado para no manchar de sangre las páginas. Mi consejo es que no los pidas en la carnicería porque llamarán a la policía; puedes, por ejemplo, arrancárselos a alguien que te caiga mal.
  5. Establece una fecha de finalización. “Mañana” o “dentro de cuatro horas” no vale. Sé que es muy aburrido hacer una tesis y que quieres acabar ya, pero tienes que ser realista. Además, como eres un vago, de esas cuatro horas te pasarías tres y media durmiendo. Y la otra media, jugando al Candy Crush. Ve a la papelería y compra una agenda del año 2427 D.T.V.C. (Después de la Tercera Venida de Cristo), y escribe “FIN DE LA TESIS” en el día 7 de octubre. No, mira, ponlo en el día 8, que no me fío, VAGO.
  6. Escribe con decisión y afirmando con rotundidad todo lo que digas. Piensa que, de todas las cosas que has averiguado tras años de duras investigaciones y siestas sobre el teclado, tú eres quien más sabe. Normal, claro, no hay nadie más en el mundo que aguante ese tostón.
  7. Puedes incluir alguna imagen para hacer la lectura más amena. Y unos gifs, ¿a quién no le gustan los gifs? (Nota: a mucha gente le pasa que imprime los gifs y no les salen en movimiento. Es por un virus. Un par de martillazos al ordenador y fin del problema. De nada.) Ponle purpurina a las hojas, pero sólo a las pares, que tampoco queremos recargarlo mucho. Entre capítulo y capítulo puedes añadir un sudoku y un par de sopas de letras. Incluye un “elige tu propia aventura” para que el lector participe activamente en tu tesis doctoral: “Si quieres ver unos resultados magníficos que fueron amañados sólo un poco para que todo saliera perfecto, pasa a la página 210. Si quieres averiguar lo que realmente obtuvo el autor y ver una foto suya llorando, pasa a la página 275.” Se divertirá.
  8. Pon referencias en todo lo que digas. No importa si te las inventas, sólo tiene que parecer que has leído un montón. “El veloz murciélago hindú comía feliz cardillo y kiwi, y la cigüeña tocaba el saxofón detrás del palenque de paja” no se lo cree nadie. Sin embargo “El veloz (Ghuströdenn et al., 2004) murciélago hindú (Nriagu & García, 1999; mi cuñado en la cena de Nochebuena, 2010; Schmidt et al., 1877) comía feliz (su muro de Facebook, un tuit que retuiteó un tío) cardillo y kiwi (Arguiñano, 2010), y la (www.wikipedia.org) cigüeña (Teo va al zoo, 1992) tocaba (Royzovskaya & Solkovykh, 2012) el (www.google.es) saxofón (mi cuñado en la cena de Nochebuena, 2011; segundo fascículo del coleccionable “Abanicos del mundo”, 2009) detrás (un señor muy majo que me encontré por el parque, comunicación personal, 2013) del (www.rincondelvago.com) palenque (Petterson et al., 1991; Enciclopedia Encarta 2004, CD2) de paja (Obama, 2013; etiqueta trasera de un champú anticaída que vi una vez en el súper, 2005; mi cuñado, ayer, que me llamó por teléfono; las voces de mi cabeza, 2008)”, es completa y absolutamente indiscutible.
  9. Haz copias de seguridad. Muchas. Clippo es traicionero, no te fíes. Guarda una en el ordenador, otra en el disco duro externo, otra en un CD y otra en 4.361 disquetes. Si eres muy maniático puedes hacer otra copia a mano, otra a cincel, y otra usando avionetas de esas que ponen mensajes en la playa. También es aconsejable tatuarsela a alguien por todo el cuerpo. No se sabe hasta donde podrían llegar las influencias del clip de Word.
  10. Ten paciencia. No te desesperes pensando que no vas a acabar nunca. Que los compañeros con los que empezaste acabaran hace setenta años y ya y tengan tres hijos, diez nietos, y treinta y dos bisnietos no quiere decir nada. Tu momento llegará. Además, la ciencia está avanzando mucho, y a lo mejor en unas décadas ya existen los clones humanos y puedes hacerte uno para que viva tu vida mientras tú acabas la tesis.
  11. Claro que, probablemente, esto de los clones humanos sea parte de la tesis de alguien que también necesita su tiempo para acabar. Lo mejor será pegaros los dos un tiro en la sien. Mira, así podéis incluir en la tesis vuestros propios índices y apéndices.

La ardilla de España se desnuda

Hoy traigo, en exclusiva, la única entrevista que ha concedido la famosa ardilla que está continuamente cruzando España, saltando de árbol en árbol, sin tocar el suelo. Que la disfrutéis.

A: prefiere continuar en el anonimato.Marian: Hola, buenos días. ¿De verdad es usted la famosa ardilla que no para de cruzar España?
Ardilla: Hola. Sí, soy yo, me cuesta mucho reconocer esto, pero soy yo.
M: ¿Y me podría decir su nombre?
A: Verá, ser la ardilla que atraviesa España saltando de rama en rama no es tarea fácil, así que me gustaría seguir viviendo en el anonimato. Esa A con dos puntos me gusta. Llámame A:.
M: De acuerdo, A:. ¿Qué le llevó a cruzar la península la primera vez?
A: Bueno… Es que yo huía.
M: ¿Huía? ¿De quién?
A: De unos matones.
M: ¿De unos matones?
A: Sí. Me cargué a un tío.
M: ¿Cómo dice?
A: Por las drogas. Le debía pasta. Se puso muy pesado con que le pagase. Lo tuve que matar. Él me obligó. La droga me obligó.
M: Pero… Esto… Las ardillas… eh… ¿tomáis drogas?
A: Mire, la vida de una ardilla es muy dura. En el fondo somos ratas. Ratas cuquis, pero ratas. Es difícil llevar esto.
M: Entiendo… Entonces, ¿usted huía de ese matón y acabó cruzando la península?
A: Corría mucho. Intenté despistarle. Incluso llegué a camuflarme en una tienda de juguetes, haciéndome pasar por un peluche de Chip y Chop. Pero siempre acababa encontrándome. Al final cogí el AVE y me fui a la otra punta del país.
M: ¿El AVE?
A: Sí, claro. Me subí en un halcón.
M: ¡Ah! ¡Claro! ¡Jajajaja! Creía que se refería al tren.
A: No, eso fue a la vuelta.
M: ¿Qué? ¿Pero entonces no viaja por los árboles, saltando de rama en rama?
A: Bueno, me ha caído bien, le contaré un secreto. Esa historia se la inventó doña Eugenia, una señora de Villaconejos de Trabaque. Estuve descansando allí un día, y ella me dio muy bien de comer. Una se cansa ya de las bellotas, ¿sabe?
M: ¿Y nunca desmintió la historia?
A: Me dio pereza. Y luego llegó la fama. Ya sabe, que si invitaciones a preestrenos, que si vestidos exclusivos, que si cameos en Torrente, que si fiestas con famosos… Me perdí. Lo difícil vino luego, cuando los medios me pedían que repitiera la hazaña.
M: ¿Y qué hizo entonces?
A: Al principio me bastaba con coger mi halcón. Pero claro, él sigue con su tontería de la cadena alimentaria, y un día intentó comerme. El autostop tampoco era viable, me veía obligada a matar a todo aquel que me llevara para no dejar pruebas. Así que decidí alquilarme un coche e ir por carreteras secundarias. Era pesado, tenía que hacer un montón de paradas por los bosques para que la gente me viera saltando de rama en rama. De vez en cuando también montaba algún photocall y firmaba unos cuantos autógrafos. Pero cada viaje era más difícil que el anterior. Las empresas veían en mi un filón, y empezaron a pegarme pegatinas por el cuerpo. Incluso llegaron a pegarme a David Meca. Tenía que drogarle para que no hablara. Ahora unos locos me han puesto una webcam en la frente para que retransmita por streaming mi recorrido. No sé cuánto tiempo van a tardar en darse cuenta de que lo que están viendo en realidad es un gif de gatitos.
M: ¿Cómo se plantea su futuro?
A: Yo ya quiero retirarme. Estoy cansada, ¿sabe? Echo de menos mi vida de ardilla, estar todo el día comiendo bellotas en mi sofá, ver la tele, salir de compras, hacerme la manicura, montar fiestas privadas en mi yate… En fin, cosas normales.
M: Pues ojalá que tenga suerte, A:. Muchas gracias por concederme esta entrevista. ¿Desea añadir alguna cosa más?
A: No, creo que no. Bueno, sí. ¿Me podríais poner una de esas bandas negras en los ojos cuando saquéis mi foto? Es que me hace ilusión.
M: Claro, faltaría más.
A: Gracias.

37 nombres que descartaron antes de llamar ‘abrefácil’ al abrefácil

  1. Abredifícil.Abrefácil
  2. Abrecomplicado.
  3. Ábrelositieneshuevos.
  4. Abrefácilloscojones.
  5. Ábremelotú, porfa.
  6. Abrefácil (comparado con aprender chino tradicional).
  7. Abrefácil (comparado con estudiar ingeniería aeronáutica).
  8. Abrefácil (comparado con escirbir este símbolo: &).
  9. Abrefácil (que sí, de verdad, que es muy fácil, saca músculo y ábrelo delante de esa chica tan guapa, que no vas a hacer el ridículo).
  10. AbrefácilparaEinstein.
  11. Abrefácilcontijeras.
  12. Abreimposibleparamancos.
  13. Ábrete SésamNo, no, que esto está muy visto.
  14. Ábrele la puerta al de Telepizza.
  15. Ábrete una lata de berberechos y no molestes.
  16. ¿Qué? ¿Tampoco puedes? ¿Tienes la fuerza de un niño de cuatro años?
  17. Deja de llorar.
  18. En serio, para. O las lágrimas no te dejarán ver el abrefácJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA.
  19. Archivo/Abrir.
  20. ¡Mamaaaaaaaaaaaaaaaá! ¡Veeeeeeeeeen! ¡Que me tienes que abrir una cosa!
  21. No, guarda la motosierra, exagerado.
  22. Trae, que ya lo abro yo, que hago pesas (especial cuñados).
  23. Has podido abrirlo porque ya lo había mareado yo, jeje (especial el cuñado de antes tras pasarse cuarenta y cinco minutos intentando abrirlo y devolvértelo).
  24. ¿Y si metes el cartón de leche directamente al microondas, le haces un agujero, y te la bebes con pajita?
  25. Introduzca el PUK.
  26. ¿Pero para qué lo quieres abrir? Si se te va a estropear en dos días.
  27. Baja al bar, que allí tienen de todo. Incluso un señor en la barra que te mira mientras se mete la mano en el bolsillo.
  28. Haberlo comprado con tapón, TACAÑO.
  29. Demuestra que no eres un robot abriendo este envase.
  30. Bueno, no. Demuestra que no eres un robot NO abriendo este envase. Un robot lo abriría con su visión de rayos X o su mano-navaja-suiza. Humanuchos.
  31. ¡Vale de 5% de descuento en la compra de tu propia vaca!
  32. ¿Dinamita? ¿En serio?
  33. Bah, si tampoco te apetece tanto.
  34. A lo mejor si lames mucho por la línea de puntos, se deshace el cartón.
  35. ¡Nueva línea de puntos sabor bacon! ¡Pruébala!
  36. ¡Nueva nueva línea de puntos! ¡Ahora con puntos de verdad! Lo de antes eran rayas. Hemos estado jugando con tu mente TODO ESTE TIEMPO.
  37. Pero, ¿cuántas armas tienes? Guarda también el lanzallamas. Con eso sólo conseguirás que hierva la leche. Y te quemarás la lengua. Acuérdate del café “del tiempo” del bar. Edtuvidte habdando adí tdred díad. No fue agradable. Un momento. El cartón no está ahí. Jaja, apunta bien, hombre. El fuego es muy peligroso y al final me vas a dar a m

¡Peligro! ¡Rebajas!

rebajasCivilización. 1. f. Estadio cultural propio de las sociedades humanas más avanzadas por el nivel de su ciencia, artes, ideas y costumbres, sin tener en cuenta los periodos de rebajas.

Las rebajas son, como bien dice la RAE, un periodo del año en el que el ser humano deja de ser civilizado. El individuo sabe que la ganga puede estar ahí, oculta bajo algún montón de bragas de abuela, y tiene que encontrarla. No hay reglas, no hay compasión, no hay amor en los ojos de la gente en rebajas. Por eso voy a contaros cómo poder sobrevivir a ello.

Entrena antes. Corre cada día un par de horas, y hazlo visualizando un cartel del 50%. Puedes secuestrar a un señor del ‘Compro oro’, cambiarle el letrero por uno de rebajas, y correr detrás de él. Aprovecha los eventos deportivos de tu ciudad (maratones, juegos olímpicos…) para batir tus récords. Una vez hayas conseguido 20 o 30 medallas, puedes pasar a la parte más complicada del entrenamiento: hacer colas en el mercado. Sí, lo sé, yo también tengo sudores fríos. Pero es mejor conocer a tu enemigo con antelación.

Tendrás que madrugar mucho. Ten en cuenta que hay señoras que llevan desde las cinco de la mañana del 1 de julio de 1867 esperando en la puerta del Corte Inglés a que empiecen las rebajas. Y cuando digo EN la puerta, quiero decir CONTRA la puerta. Esas señoras ya son todo callo, no podrás con ellas. Tu misión será llegar a las cuatro de la mañana del 1 de julio de 1867.

Lleva casco. Un casco que, a ser posible, cubra el 99.5% de tu cuerpo. Puedes dejar a la vista uno de los agujeros de la nariz, para poder respirar. De hecho, si madrugas un poco más, puedes levantarte en el siglo XV y robar una armadura. No habrá bolso de señora que pueda con esto.

Prepara puntos de avituallamiento. Con un cocido madrileño en uno, y un par de filetes con clembuterol en otro, bastará. Es muy importante que no los sitúes en zonas por las que sea habitual el paso de ciclistas.

Deja a tus acompañantes en casa. Sólo te retrasarían. “Ay, vamos a descansar, que llevamos diecisiete horas sin parar”; “Ay, es que la armadura pesa mucho”; “Ay, una señora ha pensado que quería quitarle ese sujetador color carne de Playtex y me ha clavado un cuchillo. Estoy sangrando. Vamos al hospital. Me voy a morir.” TONTERÍAS.

Actúa rápido y lucha por tus gangas. En las rebajas no hay tiempo para pensar. Si dudas entre dos cosas, llévate las dos, incluso si una lleva incluidas a unas ancianas agarradas. Ya decidirás luego en casa, con un café y varios cadáveres de pelo cardado alrededor.

No dejes que te engañen. A veces las ofertas no son tan buenas como parecen. No caigas en el típico “compra tres jerseys de ochos y llévate dos”, ¡ES UNA TRAMPA! No necesitas tantos jerseys de ochos. Las ofertas de “PANTALONES: ANTES 39.99, AHORA 39.95” tampoco son tan increíbles, piensa que sólo ahorrarás 4 céntimos. Si compras mil pantalones entonces sí, ahí te ahorrarás 40 euros, ¡Y ESO ES UN PASTÓN!

Y, lo más importante, diviértete. Tíralo todo al suelo. Esconde cosas. Puedes coger esos castellanos con borlones que tanto te gustan y de los que sólo queda un par del 52 y meterlos en el cajón de las bragas a 2.99. O cambia las cosas de sitio: lleva una camisa del Corte Inglés a Zara, por ejemplo. Pregunta a las dependientas por tallas de todo, al azar. Te dirán que está todo fuera, cari, pero debes insistir. Métete en el almacén si hace falta. Cuando consigas lo que habías pedido, diles que vas a dar una vuelta para pensártelo. Aquí te aconsejo que te deshagas de la armadura para correr más rápido. Ahora es cuando te acuerdas de mi y me das las gracias muchas veces por todas esas medallas que conseguiste en las pruebas de atletismo. De nada.

MasterChef

Vaso de leche con galletasPor todos es ya conocido que soy una una experta en la cocina (de hecho, sólo la he incendiado cuatro veces). Gracias a mis elevados conocimientos culinarios, cocineros como Ferran Adrià o Karlos Arguiñano me llaman todas las noches llorando para pedirme consejos. Suelo pasar unos 40 minutos con el auricular pegado a la oreja riéndome a carcajadas, mientras ellos suplican que, por favor, les explique cómo se elaboran algunos platos. Ayer, sin ir más lejos, Ferran me llamó desconsolado a las 3 de la mañana para contarme que no podía dormir y que quería tomarse un vaso de leche caliente con galletas, que qué hacía. Yo, muy amablemente, me reí sólo 35 minutos, y le desvelé mi receta secreta:

VASO DE LECHE CON GALLETAS

Ingredientes:

  • 1/4 de leche
  • Azúcar (al gusto)
  • 5 o 6 kilos de galletas

Utensilios:

  • Un vaso
  • Una cuchara
  • Un brazo con una mano al final
  • Una cocina
  • Un microondas
  • Un babero
  • Un extintor (nunca se sabe)

Preparación:

Lo primero que tenemos que hacer es acudir a la cocina. Puedes intentar hacer el vaso de leche en el salón, en el portal, o incluso en el metro, pero no saldrá igual. Tampoco está bien que lo hagas en una cocina que no es la tuya, a la gente no suele gustarle que te metas en sus casas a elaborar los platos, por muy deliciosos que estén luego, o por muy controladas que tengas las llamas del incendio. Podéis intentar dialogar, pero la policía está de su parte, sobre todo si también has disparado a algún miembro de la familia. Una vez situados en nuestra cocina, debemos asegurarnos de que disponemos de, al menos, un brazo con una mano al final. A ser posible, adherido a nuestro cuerpo (aquí tampoco nos vale el del vecino, no suele obedecer nuestras órdenes cerebrales y además se queda luego la cocina perdida de sangre).

El siguiente paso es buscar un vaso del tamaño deseado. Suelen estar en el fregadero, debajo de la pila de sartenes y platos sucios. Desinfecta el vaso con lejía y Goma-2 y colócalo con ayuda del brazo y la mano sobre la encimera. Añade la leche dentro del vaso, con mucho cuidado. Lo habitual es parar de añadir leche cuando el vaso esté lleno, pues no es nada cómodo luego tener que lamer la encimera y el suelo. Una vez tenemos la leche en el vaso, lo ponemos dentro del microondas (fuera no llegan las ondas igual). Pon el temporizador del microondas en uno o dos minutos y espera mientras lees una revista. Cuatro horas después, enchufa el microondas y dale al botón ON. Espera a que haga ‘clin’ y saca el vaso. Vuelve a meter el vaso y asegúrate de que esta vez el microondas no esté en la función descongelar. Espera de nuevo a que haga ‘clin’ y saca otra vez el vaso. Si te has despistado y en lugar de minuto y medio has puesto el temporizador en trescientos doce minutos, observarás que la leche ha desaparecido mágicamente y tú ya no tienes huellas dactilares en la mano utilizada en la operación. Tendrás que repetir todo el proceso pero a partir de ahora podrás cometer todos los crímenes que quieras (de nada).

Una vez conseguido, tras muchos intentos, el vaso de leche caliente, es hora de añadir el resto de ingredientes. Coge la cuchara, echa con ella el azúcar (ojo, si lo quieres light, no pongas más de doce cucharadas), y remueve bien. Ponte el babero, mete una galleta dentro del vaso hasta la mitad y sácala tras dos nanosegundos. Ahora llega el momento más delicado: sitúate a la altura del vaso y acerca rápidamente la galleta hasta la boCoge la cuchara y rescata la galleta que acaba de caer dentro del vaso. Límpiate con el babero toda la leche que te haya salpicado. Esto puedes hacerlo n veces con n galletas, hasta que te quedes sin leche en el vaso o peses 350 kilos (aunque quizá a la galleta número 413 tengas problemas).

Luego puedes recoger todas las migas que hayan caído e inventar la ‘Deconstrucción de galleta‘. Por lo visto esas cosas dan dinero.

Física del madrugón

Un sabio proverbio japonés que me acabo de inventar, dice: “Levántate, madruga, oh, joven estudiante, y el provecho se verá reflejado con un brillo especial en tus ojos cuando estés en la cola del paro”. Yo no soy quién para cuestionar una sabiduría tan ancestral de gente que es capaz de sobrevivir con algas y arroz, pero me parece necesario plantear la siguiente pregunta: ¿Cómo se madruga? Si acabas de contestar con un “yo me tiro a la primera, es fácil”, escoria, te aconsejo que no sigas leyendo y te vayas a hacer algo útil, como estudiar, limpiarme el baño, o montar una tienda de souvenirs españoles en la Gran Vía. Si, por el contrario, eres de los que lleva posponiendo la alarma del despertador desde 1997, enhorabuena, eres, oficialmente, un vago de pelotas. Y, además, te interesará seguir leyendo.

Años de dura investigación con los científicos que tengo secuestrados en mi sótano más prestigiosos de la Universidad de Massachussets, han demostrado que existe una explicación física a este fenómeno de pereza extrema por las mañanas. Es más, apuesto las croquetas de mi madre a que, actualmente, existen unos jovencitos americanos en su garaje inventando algo con lo que sacar tajada de la vagancia matinal en un futuro. He aquí, sin más dilación, las principales conclusiones de mi estudio:

  • El tiempo está cuantizado en intervalos de cinco minutos, pudiendo sólo poner en marcha el sistema nervioso cuando t=5n, siendo n un número entero. Esta es la razón por la que siempre suplicamos por “cinco minutitos más, porfa, mami, que ayer la peli porno estaba interesante y me quedé hasta tarde”. O algo así era. Nuestro organismo es incapaz de funcionar en tiempos intermedios, ¿o acaso habéis visto a alguien alguna vez quedar a las once y trece? Quemadle si es así.
  • Aunque hayamos pasado la noche más fría de nuestra vida, en el momento del madrugón la temperatura corporal aumenta exponencialmente, de manera que pasamos a un estado de excitación que no queremos abandonar para no emitir radiación al exterior. Para más INRI (Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum), nuestra cama se ha convertido en un sistema adiabático perfecto (no intercambia calor con el medio que le rodea), y a mi, personalmente, no me gusta destruir estas cosas. Ni pasar frío tampoco.
  • Existe un campo magnético que impide que el cuerpo pueda levantarse de la cama. Este campo va en dirección perpendicular al suelo y sentido opuesto a la normal, con lo cual, al intentar aplicar una fuerza al sistema corporal que permita hacerle salir de la cama, el campo contrarrestará esta fuerza (ya que tienen sentidos opuestos) y será imposible abandonarla. Por otro lado, la gravedad se intensifica en el momento de aplicar la fuerza, de modo que este proceso será más costoso. (¿Qué cojones estás diciendo, puta friki?)
  • Los fluidos oculares aumentan su viscosidad justo cuando el cerebro manda la orden a los ojos de que se abran. Por ello, resulta extremadamente complicado abrirlos al despertar, ya que los párpados no pueden superar el coeficiente de rozamiento estático que proporcionan los fluidos. Es destacable también el hecho de que el factor viscoso aumenta de manera directamente proporcional a las horas de sueño acumuladas. Futuras investigaciones determinarán si existe además alguna relación entre estos fluidos oculares, y la babilla nocturna acumulada en la almohada.
  • La Teoría de la Relatividad de Einstein dice que el tiempo tiene un carácter relativo, dependiendo del sistema de referencia desde el que se mida. Albert, que tonto no era pero un poco vago sí, basó toda su teoría en su incapacidad de madrugar por las mañanas para ponerse a escribir fórmulas a lo loco en su pizarra. Imaginaos la situación: ese señor por la noche, con su pijama y su gorro con borlón, sentadico en el borde de la cama, echando cálculos “pues si tengo que llegar a mi despacho con pizarra a las 8:30, y en ducharme, vestirme, desayunar y sacar al perro tardo una hora, tengo que poner el despertador a las 7:30”. El “Que Güeno Que Estoy” de los Mojinos Escozíos que suena en su smartphone a las 7:30 marcará el inicio de la relativización del tiempo, pues ya no se medirá de la misma manera. Su sistema de referencia, tumbado en esos momentos, decidirá que “bueno, si me visto rápido, desayuno por el camino, el perro que cague solo, y ya si eso me ducho mañana, que por un día más, total, qué más da, me puedo quedar en mi sistema de referencia de plumón de oca un rato más”. Y lo que Albertito planificó que tardaría una hora, de repente advierte que puede hacerlo en 10 minutos. La relatividad del tiempo. Un genio.

Con estas conclusiones ha quedado perfectamente demostrado que, si el ser humano es incapaz de madrugar, es porque Dios con sus leyes de la física lo ha querido así. Así que, si un día llegáis tarde a un examen porque os habéis quedado dormidos, os echan del trabajo, o abandonáis a vuestra futura esposa en el altar por la misma razón, no os torturéis, culpad al Universo. Universo malo.

Google, págame

Hoy escribo este post para intentar hacer llegar a los oídos de Google un montón de ideas multimillonarias que seguro querrá comprarme. No os riáis, o luego no os dejaré que vengáis a mi mansión.Gafas de ojos colgantes con muelle de Google

  • Gafas de Google. Estas ya están inventadas. Sigamos.
  • Gafas sin cristales de Google. Serán de pasta y muy grandes. Ideales para todas esas personas alérgicas al cristal que se hacen llamar “modernos”.
  • Gafas de ojos colgantes con muelle de Google. No harán nada, pero serán graciosas.
  • Sonotone de Google. Pronto el gigante de Internet se dará cuenta de que necesitará vender esto conjuntamente con las gafas. Ocurrirá cuando a un empleado se le ocurra, por ejemplo, ver un videoclip de Lady Gaga en Youtube usando las gafas de Google. Notará que la cantante sólo mueve los labios, sin emitir sonido alguno. Luego querrá ver otro de Luis Miguel, también mudo, y se preguntará desconcertado qué está pasando: “¿Qué está pasando? Estoy realmente desconcertado.” ¡Ajá, Google! ¡Las gafas sólo ven, no oyen! Esperaré pacientemente a que vengáis a comprarme esta idea con vuestros sacos con el símbolo del dólar llenos de billetes.
  • Auriculares de Google. Con potentes altavoces, pensados especialmente para los viajes en transporte público de la comunidad latinoamericana.
  • Micrófono de Google. Esto sólo sirve para poder comunicarte con el resto de aparatos de Google. “¡Gafas, poned la lavadora!” “¡Sonotone, hazme la cena!” No te harán caso, pero la comunicación estará ahí.
  • Muletas de Google. No hace falta que estés cojo para usar las muletas de Google. La utilidad de estos artefactos reside en que llevarán instalada la aplicación Maps y, gracias al micrófono de Google, podrás indicarles dónde quieres ir. Ellas sabrán el camino, ahora sólo hacen falta tus brazos para moverlas. Google no te lo puede dar todo.
  • Silla de ruedas de Google. Como las muletas, pero sin la capacidad de subir escaleras.
  • Pierna ortopédica de Google. Pensada para esa gente que registra sus pasos allá donde va. Vendrá completamente integrada con todas tus redes sociales para que tus amigos sepan lo rápido que corres y los kilómetros que haces (normalmente huyendo de alguien que quiere pegarte, pero eso no saldrá publicado en tu muro). Necesitarás amputarte la pierna para poder usarla. Un técnico de Google se encargará personalmente de instalártela (el alquiler de la motosierra no irá incluido en el precio).
  • Cadera de titanio de Google. ¡Para nuestros mayores más deportistas!
  • Empaste dental de Google. ¿Harto de arrepentirte de ser un ansias y de haberte comido esa croqueta sin haberla fotografiado antes? Con el empaste de Google podrás fotografiarla mientras la masticas. ¡Serás el rey de Instagram!
  • Paraguas de Google. Un paraguas de la más alta tecnología que te informará en todo momento del tiempo que hace justo encima de tu cabeza. Extremadamente ligero, pues tan solo constará de un mango y unas varillas. Se prescindirá de la tela para que la previsión meteorológica sea más precisa. Sal a la calle, abre tu paraguas de Google, mira hacia arriba, y la tecnología hará el resto.
  • Reloj de Google. Es un reloj normal, pero pondrá Google en la esfera. Y lo quieres.
  • Cargador de 2 metros de Google. Oye, Google, esto es muy importante. De hecho, es lo más importante de todo. No te vendo esta idea, TE LA REGALO. Úsala, por favor. Nos harás muy felices a cientos de trillones de usuarios.
  • Post-it de Google. El único post-it de papel que se sincronizará con tu agenda y te recordará que lo leas mediante un pop-up, una alarma, un mail, y un señor dándote con el bate de Google (ver más abajo) en la cabeza, para que nunca más se te vuelva a olvidar recoger a tu abuela del aeropuerto.
  • Bate de Google. Ser un tipo malo no está reñido con la tecnología. Con este bate de la mejor madera de arce podrás dar todas las palizas que quieras a la vez que retransmites vía streaming los llantos y súplicas de tus enemigos (pringados que no interesan a nadie). Por supuesto, también podrás grabar tu hazaña para subirla más tarde a tu canal de Youtube.
  • Portero automático de Google. Llamar a todos los telefonillos del barrio y salir corriendo se ha vuelto tremendamente aburrido. Este artilugio de Google permitirá enviar cacas sonrientes y flamencas a ese vecino que siempre te da conversación en el portal con su bolsa de basura maloliente en la mano. O a ese vecino que le compró una flauta a su hijo. O a ese otro que no te sujeta la puerta del ascensor. O a ese que vino a pedirte sal y que claramente planea matarte. O a ese otro tan feo.
  • Tractor de Google. Cultiva tus frutas y hortalizas y publica tus avances en Facebook. FarmVille nunca fue tan divertido.
  • Puerta de baño de Google. Twitter ha hecho que aquella filosofía en frases cortas de puerta de baño público vaya desapareciendo poco a poco. Se hace necesario, por tanto, una puerta de baño conectada permanentemente a esta red social. Nunca antes esos mensajes de “Aquí estuvo Manoli”, “Javi y Manoli, 9-3-2013”, “Rafa y Manoli, 21-3-2013”, “Christian y Manoli, 24-3-2013” o “Manoli puta” habrán llegado tan lejos.
  • Gato de Google. Animales entrenados durante meses por los mejores especialistas para que ellos solos sean capaces de hacerse sus propias fotos y subirlas directamente a tu cuenta de Instagram. La versión Pro incluirá también conocimientos avanzados de Photoshop. ¡Basta de gatos feos en Internet!
  • Enciclopedia de Google. Seguro que siempre has querido tener TODO Google escrito en libros. Habrás acabado con el Amazonas, pero ¿a quién le importa eso si puedes tener en tu propia casa (castillo, espero) cientos de miles de millones de libros con todo Internet?
  • Buscador de Google. Sé que parece que esto está inventado, pero no es así. Se trata de un señor que irá contigo en todo momento y se encargará de buscarte cosas: las llaves en ese bolso tuyo de 200 metros cuadrados, una plaza de aparcamiento en el centro de tu ciudad (¿has pensado en aparcar dentro del bolso?), o esa camiseta que tanto te gustaba y que tu madre te cogió sin que lo supieras y ahora usa para limpiar los cristales.
  • Cuenta corriente de Google. Ideal para guardar todo el dinero que reúnas al vender tus ideas a Google. Lo siento, pero este último artefacto sólo lo voy a usar yo.

La verdadera historia de E.T.

Años de intensos estudios científicos encerrada en el armario de las galletas me llevaron a varias conclusiones a las que, casi seguro, nadie había llegado hasta entonces. La primera conclusión a la que llegué (la cual hará llorar de alegría a más de uno) es que una persona puede sobrevivir alimentándose sólo a base de galletas. La segunda, que si pasas mucho tiempo encerrada en el armario de las galletas, luego no podrás salir fácilmente porque tu masa corporal habrá aumentado mucho y resultará muy difícil moverse. Y la tercera y última conclusión a la que me llevó mi larga estancia entre galletas es que E.T. tenía el dedo así porque se acababa de poner vaselina en los labios. Esto no os lo esperabais, ¿eh? Menudo giro acaba de dar la historia.

En realidad llegué hace meses a esta tercera conclusión, pero estuve demasiado tiempo encerrada en el armario y pude pensar mucho en mis cosas. Lo de E.T. lo sé porque la reflexión está basada en hechos reales. Como las películas de sobremesa de Antena 3. De hecho, también me dormí en mitad de la reflexión. Pero, es que, ¿a quién no le ha pasado lo de no saber qué hacer con el dedo después de untarse vaselina en los labios?

La última vez que me pasó (inconsciente de mi), estuve todo un día deambulando con el dedo índice en lo alto. Pensé en limpiarme en los pantalones, pero llegaba tarde al trabajo y no tenía tiempo para cambiarme de ropa otra vez. Se me ocurrió también limpiarme en el gato, pero estaba haciendo sus cosas en la caja de arena (leer el periódico, actualizar su estado en Facebook, llamar a su madre por teléfono… lo que suelen hacer los gatos en las cajas de arena), así que no quise molestarlo. De modo que salí de casa y me encaminé al trabajo, con el dedo todavía pringado de vaselina.

El día empezó mal. No pude coger el metro. ¿Cómo iba a pulsar el botón para que se abriera la puerta del vagón con el dedo así? Tuve que ir andando, por la calle, con gente, y con todo lo que eso conlleva. Comí catorce veces durante el trayecto, una por cada terraza en la que me dieron mesa para uno. Me gritaron “NO, NO TE DOY UN CIGARRO” media docena de personas. Aunque sin duda lo peor de todo fue que no paraban de caerme Donuts del cielo (por lo visto todavía no han desactivado este truco los de Panrico). Al principio tenía su gracia, pero a partir del cuadragésimo tercer Donut ya se empiezan a empalagar un poco.

Llegué al trabajo cuatro horas tarde y con noventa kilos más, que perdí al subir por las escaleras hasta mi oficina, en el piso treinta y dos. Pulsar el botón del ascensor no era una opción. Esperar a que otra persona lo pulsara y compartir estancia con ella, tampoco era una opción. Ya sabemos todos lo que pasa con las conversaciones sobre el tiempo y los posteriores asesinatos cuando subes con alguien en el ascensor. Entré a la oficina, arrastrándome, aunque todavía con el dedo levantado y manchado de vaselina. El jersey de ochos de mi jefe se me antojó como un lugar de lo más mullido y absorbente. Quizá si le daba unos toquecitos en la espalda para llamar su atención… Quizá si le decía que tenía un bicho… Quizá si simulaba otro de esos ataques y le pegaba otra paliza… Cuando estaba a escasos centímetros de su jersey, se giró y me vio ahí, con el dedo desafiante. “¡Martínez!” (un buen jefe siempre llama a sus empleados así, aunque se apelliden Gutiérrez). “Quiero su informe. Y lo quiero PARA AYER.” Como era para ayer, y mi máquina del tiempo todavía no funciona del todo bien (sólo viaja al presente), me relajé. Y me eché la siesta. Aunque, eso sí, puse a un becario a perder el tiempo por mi, que tampoco era plan de desperdiciar una jornada laboral entera.

Cuando me desperté, tenía a toda la oficina jugando a lanzarme anillas, a ver quién acertaba más en mi dedo. También me habían pintado un bigote. ¿Es que en esa oficina no trabajaba nadie?

Luego ya todo fueron gritos de desesperación, porque me apeteció tomar un café. Un café de máquina. De máquina con botones. Salí atropelladamente de allí, con mi dedo lleno de anillas por delante.

Recorrí las calles gritando, intentando esquivar a todos los camareros que se ponían en mi camino. No quería comer más. Una señora que pasaba por mi lado cayó al suelo, con la mano en el pecho, asustada por mis gritos de pánico, y probablemente también por la lluvia incesante de Donuts, que hay que reconocer que no es un fenómeno meteorológico muy común y cualquiera de corazón sensible puede asustarse por ello. A lo mejor si empezasen a incluir iconos de Donuts en los mapas del tiempo la gente se acostumbraría, y a esa señora no le hubiese dado el infarto. No sé. En el fondo todo es falta de información. En medio de toda esta divagación mental, un hombre gritó: “¡¿Hay algún médico presente?!” Mi dedo levantado contestó por mi. Y, por no quedar mal, tuve que ponerme a reanimar allí mismo a esa mujer. Murió, claro, no se puede reanimar a nadie con una sola mano.

Un rato después, llegué a casa, deseando meterme en la ducha para acabar de una vez por todas con esa tortura. Salí, limpia y relajada, y me senté cómodamente en el sofá a ver la tele. Hacía calor, así que puse el aire acondicionado. Con lo que se me resecan a mi los labios con el aire acondicionado.

Die Hard 6: La visita al pueblo

Hay momentos en la vida en los que la necesidad de tuppeAMOR FAMILIAR consigue que te armes de valor y emprendas un largo viaje hasta tu pueblo. Vas contento, guiado por el corazón, y casi has logrado ignorar ese rugir incesante de tu estómago, harto de ensaladas Florette y leche con cereales. Además, hace mucho tiempo que Roberta, tu cabra, no te contesta a los whatsapps, y necesitas ir a verla para que te de alguna explicación. Sí, eso es, piensas tener ESA conversación. La muy guarra. Ni siquiera dijo nada cuando le enviaste el emoticono de la chica, el del corazón, y el de la cabra, todos seguidos. Seguro que estaba por ahí revolcándose en el prado con algún cabrón (macho de la cabra). Te va a oir.

La llegada al pueblo es el momento más delicado de toda la aventura. Sabes que las señoras estarán ahí, agazapadas en cualquier esquina, a la espera de carne fresca a la que puedan abalanzarse. Esta vez has pensado con la cabeza, y antes de ir has pintado todos los cristales de tu coche con Titanlux, para que no puedan verte a través de ellos con facilidad. Esto te ha llevado a tener cuarenta y siete accidentes con ochocientos veinte heridos y catorce muertos en apenas dos horas de viaje. La culpa es suya, por no apartarse.

Aún así, conduces por el pueblo intentando esquivar las zonas peligrosas, como la entrada al centro de salud, la calle de la peluquería, o la casa de ese señor que se ha muerto hoy y que pobre hombre, habrá que ir a consolar a los familiares, coge la tienda de campaña, el termo de café y el abanico, que vamos a pasar la noche en su casa, y date prisa que nos quitan los asientos en primera línea y luego tenemos que quedarnos en la calle con el resto del pueblo sin poder ver si han maquillado bien al muerto.

Cuando estás a punto de llegar a tu casa, y una lagrimilla empieza a caer por tu mejilla a causa de la emoción de no haberte encontrado con ninguna señora, las ves ahí. A lo lejos. Todas en fila. Con su ticket del Turnomatic que tu madre ha tenido que poner para que no se amontonen en la puerta. ¿Cómo se habrán enterado de que llegabas? Tratas de huir, pero no puedes. Una anciana con mandil de cuadros ya te ha visto con su ojo bueno. La ves sonreír, perder la dentadura, cogerla del suelo, limpiarla con el pañuelo arrugado que saca del mandil, ponerla en su sitio, y sonreír otra vez. Te planteas seriamente si acelerar a fondo y atropellarlas a todas. Pero lo descartas rápidamente, pues más señoras vendrían a ver qué está pasando, uy, y qué es ese escándalo, y no quieres eso, no quieres MÁS señoras. De modo que paras. Y bajas del coche, envidiando mucho al cadáver que llevas en el maletero, porque él ya está muerto y no tiene que sufrir esto. Una batería de preguntas empieza a llegar desde la cabecera de la fila:

—Ay, moza, ¿qué tal se ha dao el viaje?
—Bien, señora bien. Casi no ha habido muertos.
—¿Y tú de quién eres?
—Verá, mis padres me compraron como esclava hace unos años, así que supongo que de ellos.
—Ahhh, y lo que has crecío, ¿no?
—Sí, desde que nací he crecido bastante.
—¿Y dónde te has dejao al novio?
—Lo tengo en el maletero.
—¿Sabes quién está soltero también?
—No, señora. Pero no me int…
—¿Sabes el hijo de la Rufina? La que se casó con el sobrino del pastor, ese que tuvo una aventura con la hija de la Dolores, la mayor. Sí, mujer, ese que se estuvo viendo mucho su prima, que menuda guarra era la prima, que ni iba a misa los domingos. ¿Sabes ese que te digo? Pues el que le vendía el pan.
—Pero si tiene noventa y tres años…
—¡Y qué bien llevaos! ¡Si casi no usa el andador! ¡Y tiene tierras!
—Vale, señora, voy a entrar a mi ca…
—¿Y los hijos? Se te va a pasar el arroz.
—No se preocupe, ya los robaré en alguna guardería.
—Ay, estos jóvenes, to el día en el intrené, que se van a volver locos. Yo a tu edad ya tenía tres hijos, un perro, dos gatos, y por lo menos cien ovejas. A mi Manolo le gustaban mucho las ovejas.
—Sí, señora. Yo a su edad no llegaré, claro, porque ahora, en cuanto deje que me vaya, me pegaré un tiro.

Treinta y dos años, cuatro meses, veintisiete días, quince horas, cincuenta y dos minutos, y tres segundos después, logras deshacerte de esa señora. En todo ese tiempo te ha dado tiempo a casarte tres veces, divorciarte dos, tener gemelos, y apuntarte a clases de crochet, que siempre habías querido. Como las otras dos docenas de señoras de la fila ya han visto tu vida con sus propios ojos durante estos últimos años, ya no tienen preguntas que hacerte y se acaban marchando a su casa. Así que tú entras rápidamente a la tuya, antes de que vengan muchas más señoras a llorar por las que se han muerto de viejas en la cola.

Desgraciadamente ya se ha acabado el fin de semana (que, por otro lado, es normal que se acabe en treinta y dos años), así que tienes que marcharte del pueblo. La comida ya se toma en cápsulas, así que no hace falta que te lleves tuppers. Y te vas, claro, pero te vas muy triste, porque a nadie se le ha ocurrido prepararte una cabalgata de despedida. Y nadie llora. Y nadie ha salido a decirte adiós con un pañuelo. Y además estás viendo a Roberta, tu cabra, revolcándose por el prado con un cabrón. Qué hija de puta.

El día que invadí Groenlandia

Ayer estuve invadiendo Groenlandia. Fue un poco sin querer. Tenía hambre (estoy con la operación bikini y, la verdad, no entiendo el éxito que tiene, sigo sin acostumbrarme al sabor de la lycra) y abrí el congelador en busca de comida. La expresión “en busca” adquiere un gran significado en la anterior frase porque ningún ser humano sabe con certeza lo que hay en su congelador. Excepto Walt Disney. Empecé por apartar los quince tuppers de la última vez que hice lentejas para mi sola. Miré dentro: aquello estaba muy oscuro. No parecía una buena idea meter la mano sin protección, pues media docena de croquetas se habían salido de su bolsa y ahora eran un ejército de croquetas gigantes de hielo. Pero tenía hambre. Algo había que hacer.

Me puse todos los abrigos que tenía por casa, un gorro, un par de guantes, cogí mi ballesta (todo el mundo tiene una ballesta si se está inventando la historia, no me miréis así), y entré en el congelador. Un mundo lleno de hielo y paquetes de comida sin nombre se abría ante mi. Las croquetas asesinas me estaban esperando, armadas con palitos de cangrejo y varitas de merluza. Tenía que pasar, acababa de recordar que al fondo había una lasaña. Quería lasaña. Así que agarré un machete con los dientes (todo el mundo que lucha lo hace, ¿no?) y disparé aceite hirviendo a las croquetas con mi ballesta (es mi ballesta inventada, dispara lo que yo quiera). Las croquetas fueron cayendo, fritas. Ya sin obstáculos, eché a correr hacia el fondo del congelador. Corrí mucho.

Mucho.

Mucho.

Mucho.

Mucho.

Mucho.

Mucho.

Mucho.

Mucho.

¿Cuánto falta? ¿Hemos llegado ya? Tengo pis.

Mucho.

Mucho.

Mucho.

Mucho.

¿Y yo por qué estoy corriendo tanto?

Mucho.

Mucho.

Las croquetas asesinas ya están muertas, podrías parar.

Mucho.

Mucho.

Mucho.

En serio, deja de correr. Si sólo eran croquetas. Y las has frito con tu ballesta inventada.

Mucho.

Mucho.

Uy, mira, un oso polar. ¡Hola, Señor Oso!

Mucho.

MuchUn momento, ¿qué hace un oso polar en mi congelador?

Frené en seco y levanté la vista. Pude ver un letrero que decía: “Regalos y Souvenirs El Oso Polar Vodofone*. Bienvenidos a Groenlandia Vodofone*”. ¡Dios mío! ¿Estaba en Groenlandia? ¿Había llegado corriendo hasta allí? ¿Groenlandia estaba en mi congelador? ¿Cuántas maratones habría ganado por el camino, sin saberlo? ¿Y dónde estaba mi lasaña?

Entré a la tienda de regalos a ver si alguien respondía a todas esas preguntas. Como nadie me hacía caso (se ve que no entendían mi alto nivel de español-gritado-para-hablar-con-extranjeros), me acabé llevandCOMPRANDO un cubito de hielo groenlandés “made in China”, una camiseta negra muy graciosa que ponía “Groenlandia de noche”, y una morsa vestida de flamenca para ponerla encima de la tele. RobCOMPRÉ también varias toneladas de pescado para alimentarla.

Luego salí a la calle a contemplar boquiabierta la majestuosa inmensidad helada. Y ya. Porque la verdad es que no sabía qué más hacer en esa condenada isla. Podría haberme preparado un gintonic con algo de todo el hielo que había allí, pero tampoco sabía cómo se decía ginebra, tónica, lima, cardamomo, café en grano, pepino, albahaca fresca cristalizada, y berberecho en español-gritado-para-hablar-con-extranjeros. Además, que yo quería lasaña. Y la quería desde hace mucho rato. Y ya tenía mucha hambre. Y allí nadie me daba lasaña. Y, claro, empecé a alterarme. Porque tenía mucha hambre. Y quería lasaña. Y a la gente de allí no parecía importarle. Y yo ya estaba muy alterada. Y estar alterada con el estómago vacío no es nada bueno. Porque os recuerdo que tenía mucha hambre. Hambre de lasaña. De esa lasaña que se suponía que iba a estar en el fondo de mi congelador. Pero no, en el fondo de mi congelador estaba esa ESTÚPIDA ISLA. Y YO QUERÍA LASAÑA. Y TENÍA HAMBRE. Y LAS ISLAS NO SE COMEN. Y GROENLANDIA ERA UNA ISLA Y YO NO ME LA PODÍA COMER. Y, y nada, que tuve que invadirla. Pero sólo por despecho.

Hoy esto no ha salido en las noticias porque a nadie le importa Groenlandia, y porque allí no hay ningún señor mayor bañándose en la playa de la Concha a diez grados bajo cero, pero es cierto, ahora yo soy su dueña y señora. Mañana probablemente sí salga algo sobre unos asesinatos en un caso llamado “La loca de la lasaña”. Con ese nombre han ido a hacer daño, la verdad.

*Se ha modificado el auténtico nombre de la marca, pues no aceptaron firmar el contrato millonario que les propuse por hacerles publicidad. Por lo visto han firmado otro con Metro de Madrid. Serán tontos. Si eso no lo va a leer nadie.

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